Un día le dije a Dios: «Tengo miedo. Ayuda.»
Y esperé, mirando al techo. Pero el miedo no se fue.
Es más, el miedo empezó a crecer, cuando pensé que Dios no vendría a mi rescate. Y entonces le dije: «¡Dios ayúdame! ¡Mírame! Tengo miedo.»
Pero el miedo no se fue.
Desesperada, arrebaté mi Biblia de la mesa.
Entonces, mientras devoraba un Salmo, me di cuenta que…
El Señor iba delante y detrás de mi. Y que las manos que toman espada y escudo para defenderme, también cuidan mi corazón. Con gentileza y amor, me escucha clamar a Él. Y no olvida su misericordia.
Mientras leía, el miedo retrocedía, sus ojos brincando a la izquierda y a la derecha. Y cuando volteé de las páginas,
Ya no estaba.
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