Tuve la fortuna de amigarme con la soledad. Su extraña sonrisa no me pareció tan terrible, como a otros, a quienes les parece fría y puntiaguda; más bien, llegué a memorizarla.
Uno de estos dias me quedé atrás, como una niña en una calle llena y transitada. Pensé en su extraña sonrisa. Me di media vuelta nerviosa y ahí estaba.
Me tranquilicé y caminé hacia ella.
Porque la soledad me sonrió, entendiendo mi situación, y me dijo, como siempre lo hace aunque llego a olvidarlo: «Dios me mandó a recordarte que Él no te abandona. Aquí está.»
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